Lo que vivimos importa

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Lo que vivimos en la infancia cuenta, mucho. Desde que estamos en el útero materno estamos configurando nuestra concepción del mundo, nuestra predisposición. Vamos creando patrones de comportamiento, filtros para la realidad.

Idealmente, un bebé que desde el principio vive desde el contacto, el placer y el cariño, seguramente se convierta en un adulto más o menos saludable, siempre teniendo en cuenta que vivimos en esta sociedad y eso pasa factura sin duda. Pero lo habitual suele ser otra cosa, cada cual con su grado de afectación, según lo que le haya pasado y la edad que tenía (a más pequeño, más puede afectarnos al carecer de defensas corticales). Además no suele ser un hecho aislado en nuestra vida, sino un conjunto de cosas, o algo que nos ha afectado mucho que luego ha sentado las bases para esos filtros, generalizando a otras situaciones y volviendo a revivir el sufrimiento, cada vez más grande. Del mismo modo, podemos encontrar experiencias o personas compensatorias sin las cuales hubiésemos terminado muchísimo peor, o que incluso nos ayudan a sanar la mayoría.

Estos patrones y filtros pueden ser infinitos, cada persona es única y sus vivencias también. Lo que ha pasado antes condiciona lo presente, y su suma condiciona el futuro. Pongo un ejemplo que puede ser ilustrativo:

Un bebé que ha sido separado de su madre tras el parto vive una experiencia traumática que más tarde puede hacerle sentir miedo en situaciones que no son realmente peligrosas, así como abandono. Si este bebé recibe una crianza mamífera, lo más posible es que compense bastante, siempre teniendo en cuenta que en esta sociedad no nos van a dejar criar así, siendo la presión social y económica importante, y que la mayoría de las veces hay que introducir herramientas de compensación (según el caso). Si por el contrario recibe una crianza tradicional, solo en una cuna, sin cogerle en brazos “por si se acostumbra” y demás, lo más probable es que siga sumando situaciones de abandono emocional y desprotección, con lo cual el problema crece cada vez más. Estas experiencias de inseguridad y ser ignorado siguen apareciendo según crece, en esto se basa precisamente nuestra sociedad. Llegada la adolescencia, etapa en la que debido a la reestructuración cerebral y la gran poda neuronal se produce un intento de compensación enorme, puede verbalizar a sus padres que siente que no le quieren, que está abandonado, que aparezca ansiedad o depresión, o incluso es posible que se vea más afectado, por ejemplo con agorafobia, trastorno obsesivo compulsivo, etc. Los padres por supuesto no van a entender nada de lo que su hijo les dice o hace (llegando incluso a pensar que es que es problemático, o llevandole a que le mal-traten con medicación), o así va a ser en general, con lo que el chico no va a poder compensar lo vivido, llegando a la etapa adulta con semejante carga. Así, ya instaurados los patrones, las defensas que le han servido para sobrevivir a todo esto, esta persona seguramente desarrolle compulsiones o manías para intentar sentirse seguro (las cuales a su vez le complicarán la vida), respire de un modo apenas perceptible debido al miedo (lo que afectará a su salud y a su cansancio), pero sobre todo es muy probable que tenga la constante sensación de que algo malo va a ocurrirle, de que no merece ser visto, de que debe tirar solo (al fin y al cabo, es como ha estado siempre) hacia delante y cargarse hasta la extenuación, de no poder relajarse nunca, de tener que estar siempre en estado de alerta, aunque se encuentre en un lugar seguro y con personas de confianza. Puede llegar a tener una pareja excelente, un buen trabajo, posición acomodada, o las cosas que hagan feliz a cada uno en su imaginario, pero no poder ser feliz, siempre con esa sensación horrible a sus espaldas.

El filtro de la realidad que se da debido a estas defensas nos condiciona absolutamente. Las defensas buscan seleccionar aquellas vivencias que “confirman” que el mundo es así y deben seguir presentes con fuerza, mientras descartan las que muestran todo lo contrario (suele haberlas), u omiten a la conciencia contextos y motivos previos a los hechos. Por lo tanto, esas defensas que en su día nos ayudaron a sobrevivir, se convierten en un gran problema, ya que nos hacen sufrir una y otra vez por cosas que pueden ser mucho más pequeñas de lo que parecen o incluso por cosas que no están pasando. Imaginemos a ese niño del ejemplo anterior, como podría filtrar una y otra vez lo que le pasa, seleccionando y dando vueltas constantemente a las cosas que reafirman sus defensas, sufriendo lo indecible, como si volviese a estar eternamente separado de su madre siendo un bebé. Por supuesto sin darse cuenta de esta selección, para esta persona la realidad es así y esto es lo que importa, lo mal que lo pasa. Muchas veces sin siquiera atar cabos y darse cuenta de lo que le está pasando, total, está «normal» (aunque todas las mañanas no quiera ni levantarme porque me cuesta vivir, aunque me coma la ansiedad, aunque no pueda más). Y si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo individualista y enfermo, imaginemos la cantidad de cosas que pueden alimentar estas defensas y este gran sufrimiento.

Esto nos pasa a todos en mayor o menor medida, según lo que hayamos vivido (y compensado o no), cada cual con sus filtros y patrones. No nos inventamos las cosas ni somos culpables de nada, porque en su origen aquello pasó. El problema es cómo sufrimos, cómo revivimos lo que más daño nos hizo en su día, sin ser siquiera conscientes de ello. La sensación de que llueve sobre mojado, de estar atrapado eternamente en las mismas situaciones, de tanto dolor constante. Las memorias corporal, vegetativa y emocional (por ello la terapia debería ser psicocorporal, no trabajando sólo la memoria racional) están grabadas a fuego en nuestro cuerpo, en nuestro cerebro, en nuestra amígdala, en nuestro lóbulo prefrontal, etc.

Además podemos rizar el rizo saliendo de lo individual y entrando en las relaciones humanas, en cuyo caso tenemos el filtro de una persona relacionandose con el filtro de la otra. Incluso parejas que se quieren muchísimo y no paran de pelear y tener problemas porque reviven situaciones del pasado, sin ser el problema de ellos mismos, de su verdadera esencia que puede pervivir bajo esas defensas. Reacciones en cadena, lo que revive uno no lo comprende el otro y a su vez se activan sus defensas. Inmensos malentendidos. Filtros hablando con filtros. Sufrimiento para todos que nada tiene que ver con el presente. La historia de una persona chocando con la de otra.

-No me tienes en cuenta para nada (me dejaron llorando solo en una cuna y sentía que me moría).

-¿Yo? ¡Pero si eres tu que no me ves a mi! (mi hermano pequeño nació y dejé de existir para mis padres).

Su expareja le pregunta que tal está pasando la tarde con su hijo en común-Me siento controlado, dejame (mis padres no me dejaban ni respirar).

-Estoy bien, no pasa nada (me ignoraban constantemente y me comparaban con otros niños, así que he interiorizado que lo que yo siento no importa. Luego me derrumbo sola en casa y no se por qué).

-Grito a mis hijos cuando se enfadan, no puedo pararlo (cuando yo me enfadaba me gritaban, me castigaban, a veces me pegaban/ mis padres se gritaban el uno al otro y yo me moría de miedo).

-Tengo ansiedad constante, estoy a la que salta (en cualquier momento mis padres se podían enfadar por cualquier cosa tonta, tengo que estar alerta, no puedo alterarles o me atacan a mi).

-Mi pareja me ha dejado y tengo muchísima ansiedad, quiero morirme (me separaron de mi madre al nacer, estuve días en una incubadora sintiendome así).

-No hago nada para mi y ni siquiera me lo he planteado (me enseñaron desde pequeño que yo no importo y que molesto).

-Mi hijo ya no es un bebé, le adoro, pero no se que me pasa, no puedo estar con él (cuando era pequeña me obligaron a cuidar a todos mis hermanos, nadie me cuidaba a mi).

-Estoy hasta arriba de trabajo, me duele el cuerpo, tengo ansiedad, pero se que puedo con todo (siempre he estado solo, tengo que seguir tirando y forzando la máquina).

-Desde que tenemos un bebé me siento ignorado por mi pareja/ mi pareja me ha dejado pero le sigo demandando atención (necesito la madre que no tuve).

-No hablo de lo que siento (manifestar emociones es peligroso. Tanto que ya ni siquiera las oculto porque no se lo que siento. ¿Me preguntas cómo estoy? es que no lo se).

-Necesito hacer cosas constantemente para que me elogien (tengo que competir con mis hermanos para que me vean, tengo que demostrar que soy el mejor).

-Mi pareja me toca y entro en pánico (abusaron de mi de niña y ni siquiera lo recuerdo).

-Cuando me tratan mal me siento culpable (me manipularon tanto con palabras bonitas mientras me destrozaban, que ahora creo que la culpa es mía aunque sea la víctima).

-No puedo relajarme cuando estoy con gente, me agoto (me enseñaron que ser yo mismo no era bueno, que debía ser siempre como los demás querían que fuese).

Y así podríamos poner miles de ejemplos (evidentemente cada caso es único y que se sientan las cosas que enumero no implica que tenga que ocurrir lo que pongo luego entre paréntesis, esto es infinito, puede haber otras muchas causas).

Como adultos, como decía, se puede hacer terapia (psicocorporal). Hay que tener muy claro que se quiere hacer, el camino que implica, el que quizá esas defensas que no quieren ser tocadas nos jueguen malas pasadas (desconfianza, miedo a seguir…). Como padres también podemos hacer cosas, muchas más, ya que nuestros hijos aun son flexibles y la compensación cabe. Incluso si son adolescentes. Podemos trabajarnos nosotros (teniendo en cuenta que eso lleva tiempo), podemos informarnos leyendo (y aquí, y aquí, pero sin volvernos locos buscando información, relax…y filtrando mucho, que no todo lo que reluce es oro), podemos formarnos (en mi web podéis encontrar información del máster y los talleres), ir a consulta de crianza si nos es necesario. Los grupos son esenciales, nos ayudan a relajarnos, a interiorizar, a sentirnos apoyados.

*Os enlazo lo que ofrezco yo, pero no quiere decir que no haya profesionales maravillosas que también os pueden ayudar.

También podemos hacer cosas que parecen muy tontas pero marcan muchísimo la diferencia, como por ejemplo romper la rueda de la interiorización de la culpa y el rechazo al explicarles cuando perdemos los papeles (normal en este mundo enfermo, no nos dejan criar, estamos agotados) que no queríamos hacer eso, que no es culpa suya, que nosotros hemos vivido esto otro y por eso saltamos sin querer. Si no es lo habitual y es algo ocasional, esto les ayuda mucho. Imaginemos a nuestros padres diciendonos una vez, sólo una vez, esto mismo. Inimaginable, ¿verdad? Que diferente hubiese sido todo. Traducir lo que les pasa, no hay mal comportamiento (ojo cuando escuchéis esta expresión, que ya dice mucho), hay niños que lo pasan mal. Buscar las causas, siempre. Y cuidarnos nosotras (digo nosotras porque la carga de todo y la culpa eterna suele caer ahí, y no debería ser así), que de nada les sirve a ellos una madre agotada que está pero no está.

Pero sobre todo no perdais de vista que vuestra historia no es igual que la suya. Eso ya es una realidad, hoy, aquí, ahora. Estáis luchando contra vuestros propios patrones, esforzandoos muchísimo (a veces de más) en una sociedad que nos pone mil trabas para ello. Estáis compensando horrores con vuestro modo de criar, haya pasado lo que haya pasado, la mayoría de las veces por causas o personas externas. No lo olvidéis, que ni nos lo planteamos, porque una de las cosas que normalmente nos enseñan es que todo lo hacemos mal. Y no es cierto. Sed compasivos con vosotros mismos y ayudaos entre todos, haced toda la tribu que podáis y seguid. Que si, que no llegamos a todo, pero lo hecho importa, y mucho.

Laura Perales. Psicóloga y madre.

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