La escuela en tiempos de pandemia

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En medio de una pandemia mundial, una crisis que favorece que los patrones de todo el mundo afloren y engorden, no podía ser menos con los patrones a nivel social. Uno de ellos es el adultocentrismo, la falta de mirada hacia los niños, incluso su rechazo. Asistimos a su confinamiento férreo en meses pasados, como «supercontagiadores». Parques precintados, los niños encerrados. Quizá podríamos haber pensado que se trataba de protegerles, pero con la llegada de la segunda ola de esta pandemia vemos como se mantiene la entrada en las escuelas para proteger la economía y que no pare el sistema de producción y consumo. Además una entrada desde el miedo, crispada, de un modo que no favorece en absoluto el aprendizaje que se dice pretender preservar.

No quiero ni pensar en cómo van a vivir los niños que se incorporan por primera vez a la escuela una «adaptación» que ya de por si era nefasta, cómo van a vivir su entrada en lo social (entre los 3 y los 6 años) de este modo, cómo puede afectar a todos la falta de juego, de contacto, el estrés, el miedo, el ignorar toda la parte emocional y de acompañamiento extra que requiere esta situación.

Con esto no estoy negando que haya que tomar medidas que garanticen la seguridad, estoy cuestionando el cómo se haga, y sobre todo estoy reflexionando sobre que si realmente se quisiera proteger a los niños, no se abrirían ahora las escuelas. Queda expuesta sobre la mesa la principal razón para que haya escuelas: que los padres trabajen, produzcan y consuman.

A continuación, dejó un extracto de mi libro «Criar. Un viaje desde el embarazo a la adolescencia», donde hablo del verdadero aprendizaje, de la escuela y de cómo influye el estrés en los niños:

«¿Alguna vez te preguntaste qué sentido tiene ir a la escuela? ¿Qué recuerdas de tu etapa escolar? ¿Los conocimientos supuestamente adquiridos, o el juego en el recreo? ¿Aprobarías un examen de primaria o secundaria que te pusiesen ahora? ¿Te era placentero el aprendizaje o era impuesto? ¿Por qué una de las pesadillas recurrentes más habituales es sobre presentarse a exámenes y quedarse en blanco o tener que volver a examinarnos como si no hubiésemos aprobado ya en nuestro pasado?

En palabras de Neill:

El niño moldeado, condicionado, disciplinado, reprimido, el niño sin libertad, cuyo nombre es legión, vive en todos los rincones del mundo. Vive en nuestra población exactamente al otro lado de la calle. Se sienta aburrido en un pupitre es una escuela aburrida, y después se sienta, en un escritorio más aburrrido aún en una oficina, o en un banco de una fábrica. Es dócil, inclinado a obedecer a la autoridad, temeroso de la crítica, y casi fanático en su deseo de ser normal, convencional y correcto. Acepta lo que le han enseñado casi sin hacer preguntas; y transmite todos sus complejos, temores y frustraciones a sus hijos.

La escuela nace como respuesta a una sociedad industrial, cuyo objetivo es producir obreros que vayan interiorizando un horario laboral, unas horas extras (deberes), que se adapten a la sociedad de consumo. Se basa en un sistema de memorización y posterior olvido, tras el examen, en un supuesto aprendizaje desde lo estático, desde la obligación. En evaluar a los alumnos con el mismo baremo, sin tener en cuenta las capacidades individuales de cada uno de ellos. En cuanto a lo individual tampoco se tiene en cuenta la historia de cada niño y cómo ésta influye en la capacidad de aprendizaje (recordemos todo lo mencionado en capítulos anteriores y de qué forma esto influye en el desarrollo cerebral, o en estructuras implicadas en el aprendizaje como la amígdala o el hipocampo). Mucho menos se tiene en cuenta si estos historiales se pueden prevenir o reparar.

La neurociencia nos muestra que el aprendizaje tiene que ver con el placer y la emoción (Chai M. Ting et al., Erk et al., McGaugh, Sharot et al.), no con la memorización forzada. Es en el juego donde reside el aprendizaje del niño. La letra con juego entra. Estamos confinandoles en escuelas donde sólo aprenden realmente y socializan en la escasa media hora de recreo de la que disponen. Porque tampoco socializan en otro momento, sentados en sus pupitres, siendo irónicamente una de las críticas a la educación en casa la falta de socialización. Pero sobre todo, en una escuela tradicional basada en el aprendizaje memorístico, exámenes y notas, lo que va a ocurrir es que estamos quitándole a los niños un valioso tiempo en el que deberían estar jugando y aprendiendo. Es decir, la escuela al uso entorpece el aprendizaje.

Tal como explican Narvaez, Panksepp, Schore y Gleason:

Ahora se sabe que el juego promueve perfiles de expresión de genes afectivamente beneficiosos (Burgdof, Kroes, Beinfeld, Panksepp y Moskal, 2010), desarrollo cerebral (Gordon, Burke, Akil, Watson y Panksepp, 2003; Gordon, Kollack-Walter, Akil, & Panksepp, 2002; Panksepp, 2007; van den Berg et al., 1999). Los mamíferos que tienen deficiencias en el juego tienen dificultades para regular los impulsos agresivos (Potegal y Einon, 1989). Aquellos con poca experiencia de juego a temprana edad han alterado las interacciones sociales, sexuales y de conflicto con sus compañeros (van den Berg et al., 1999). El juego insuficiente promueve trastornos de conducta como TDAH (Panksepp, 2007), rendimiento académico disminuido (Barros, Silver y Stein, 2009) y agresión (Flanders y Herman, 2013). Desafortunadamente, el juego físico en el jardín de infantes está desapareciendo (Miller & Almond, 2009).

Pese a que realizamos conexiones neuronales durante toda nuestra vida, es en la infancia cuando se realizan la mayoría, las más importantes. Un niño aprende cuando está haciendo algo que le gusta hacer. Cuando juega. Cuando algo le interesa. Cuando lo vive. No lo aprende cuando se lo enseñan de modo impuesto, cuando no le llama la atención en absoluto. Mucho más, cuando el supuesto aprendizaje, desde nuestra óptica adulta, es el que evita que se produzca el aprendizaje real. El aprendizaje inútil, obligatorio, roba a nuestros hijos el valioso tiempo que necesitan para realizar la actividad que la naturaleza ha diseñado para aprender y desarrollarse: el juego.

Cuando vemos jugar a un niño, pensamos que se lo está pasando bien, que es algo divertido. Pero el juego es algo mucho más complejo. La naturaleza no hace las cosas sin motivo, y que el juego tenga un papel predominante en la infancia tiene su razón de ser. Mientras el niño juega, están ocurriendo muchas cosas en su cerebro, necesarias para el desarrollo sano del niño. Así, jugando, el niño aprende física, matemáticas, lenguaje, música. Mediante las distancias, a través de las cosas que se caen, los pesos distintos, los sonidos, dividiendo en porciones. También aprende a desenvolverse en el mundo social mediante el juego simbólico de imitación, comprende su propio cuerpo desarrollando, mediante el juego y el movimiento, algo tan importante como la propiocepción. La motricidad fina y gruesa se están desarrollando también. El cerebro segrega serotonina que regula la ansiedad y el estado de ánimo, acetilcolina que favorece la atención, el aprendizaje y la memoria, dopamina que pone en marcha los músculos y genera conexiones neuronales, mientras estimula e incentiva, encefalinas y endorfinas que reducen la tensión y promueven un estado de calma, bienestar y felicidad, todo lo cual favorece con creces la creatividad y el aprendizaje. Lo que pasa por el cerebro límbico, llega al neocórtex y se integra. El estrés socava el aprendizaje (De Quervain et al., Vogel et al., .Quesada et al., Liston et al., DiasFerreira et al.).

Por medio del juego y la exposición a diferentes texturas, olores, colores, formas, además de mediante el balanceo o el salto (entre otras cosas), el niño está trabajando intensamente algo esencial para el desarrollo: la integración sensorial. Sin la integración sensorial, o con una inadecuada, el niño no puede desarrollarse bien motrizmente (por ejemplo, puede tener problemas al correr, o puede que no escriba simplemente porque no puede agarrar el bolígrafo), a veces presenta dificultades en el habla, retrasos en el desarrollo, etc. Esto ocurre porque antes de que se desarrollen otras capacidades y áreas, es esencial que se desarrollen las que le dan base. Si el desarrollo no es correcto en la base, lo demás va a verse afectado. La información vestibular (que se produce, por ejemplo, al columpiarse, o cuando dan vueltas) es importantísima. Lo vestibular es lo que conecta el resto de áreas, y si lo vestibular está tocado, van a surgir problemas en muchísimos campos del desarrollo. Piaget, referente en psicología del desarrollo, decía que el niño no debería aprender de modo intelectual antes de los 7 años, edad en la que comienza la etapa de las operaciones concretas. Hasta esa edad, el niño aprende mediante el juego, el movimiento y el ejemplo, no rellenando fichas ni estudiando. Porque es hasta esa edad cuando todas estas cosas tan importantes están pasando en el cerebro infantil, sentando la base para el ansia de conocer intelectualmente que llega a los 7 años, si antes se les ha permitido aprender jugando. Sin esa base, o con una incompleta, esas ganas de aprender no se dan. No tenemos más que pensar en lo poco que nos ha gustado estudiar a nosotros, o lo que nos costaba hacerlo, ya que venimos de un sistema tradicional en el que el aprendizaje es intelectual desde edades muy tempranas, truncando el desarrollo sano. Cuando el niño crece, el juego sigue siendo muy importante. El aprendizaje se consolida y produce cuando hacemos algo desde el placer. Es por ello que lo vivencial y lo que les gusta va a convertirse en aprendizaje sólido y real. Esto nos ocurre durante toda la vida, incluso de adultos. En un estudio realizado por Caprara et al. vemos como el aprendizaje académico temprano no contribuye al logro académico posterior. (…)

(…) Cuanto más juego se dé en naturaleza, o con materiales naturales, más favoreceremos un desarrollo sano. Incluso aburrirse de vez en cuando les viene bien para fomentar esa creatividad y hacer las cosas por ellos mismos. El juego no sólo es divertido, pues, es esencial. Por lo tanto, no pensemos que el niño está perdiendo el tiempo cuando juega, no le apuntemos a multitud de clases extraescolares que no desea realizar, le ahoguemos en deberes, le exijamos un aprendizaje intelectual. El niño está aprendiendo mucho más cuando se columpia en un parque que cuando le ponemos a estudiar un libro (a no ser que le guste el libro). La naturaleza no hace nada “porque sí”.(…)

(…) En un estudio realizado por Vandenbroucke et al. en 2017, vemos cómo para el aprendizaje es muy importante el apoyo emocional y el vínculo seguro, tanto con maestros como con los padres. Citando parte del mismo:

Cuando los niños forman un vínculo positivo con adultos importantes, que se caracterizan por altos niveles de calidez y bajos niveles de conflicto, mostrarán dos tipos de conductas de apego. Ambos pueden mejorar el rendimiento y el desarrollo de la memoria de trabajo. En primer lugar, a medida que los niños se sientan seguros y confíen en sus cuidadores, explorarán su entorno de forma independiente y se involucrarán más en actividades estimulantes y desafiantes en el hogar o en el aula (O’Connor y McCartney, 2007; Roorda et al., 2011; Commodari, 2013). El cuidador funciona como una base segura. Es probable que brinde a los niños oportunidades más frecuentes y más desafiantes para practicar sus habilidades de memoria de trabajo. En segundo lugar, durante los momentos de angustia, el niño volverá con el cuidador y buscará consuelo, lo que reducirá los niveles de estrés del niño (Verschueren y Koomen, 2012 ; Commodari, 2013 ). El cuidador funciona como un refugio seguro. Tanto la calidad de las relaciones entre padres e hijos, y maestros y alumnos se ha relacionado anteriormente con la regulación del estrés y con el estrés (Blair et al., 2011; Ahnert et al., 2012), mientras que otros estudios han demostrado un impacto negativo del estrés en la memoria operativa, rendimiento y desarrollo (p. ej., Evans y Schamberg, 2009 ;Blair et al., 2011 ; Hanson et al., 2012 ). Los padres y los profesores pueden funcionar como reguladores externos del estrés y, como tales, proporcionar a los niños un entorno más apropiado para el desarrollo de la memoria operativa.

(…) El único y verdadero aprendizaje a estas edades reside precisamente en ese juego que se pretende evitar (Nakia S. Gordon et al., Stanford School of Medicine, Hirsh-Pasek et al., Strauss et al., Juster et al., Susan P. Walker et al.). (…)

(…) Deberíamos revisar el sistema (porque es un sistema completo, no es que los maestros que están informados no quieran, es que muchas veces están atados de pies y manos), hacer la jornada escolar interesante, fomentar los diferentes potenciales de cada niño, bajar las ratios, basarnos en lo que nos dice la ciencia y no en meras opiniones. Como comentaba, lo que normalmente vamos a encontrar en la escuela es la preparación para la entrada en la rueda de trabajo productivo. Trabaja a todas horas (deberes), obedece a la autoridad, sé cómo los demás, sin salir del redil, compite (notas, comparaciones), no cooperes (no os ayudéis en el examen), interioriza el miedo al castigo (penalización de errores que podrían significar un gran aprendizaje, pérdida de confianza), funciona a base de premios, etc. Vamos a ver como se obstaculiza el aprendizaje y el desarrollo de las capacidades naturales.

Respecto a esto es muy clarificador el conocido experimento de Bezenet, en el cual se eliminó en un grupo la aritmética de primero a quinto, viendo esta materia sólo durante sexto. Los resultados fueron abrumadores: los niños de esta clase tuvieron mejor desempeño y comprensión de la aritmética que aquellos que la habían estudiado durante 6 años. En esta misma línea encontramos lo que ocurre cuando los alumnos de la escuela libre Sudbury, en Estados Unidos, en la cual no se impone ningún tipo de aprendizaje ni existen las asignaturas, se presentaron a las pruebas de acceso a la universidad en al área matemática. No sólo las pasaron, sino que los resultados fueron buenos. En esta escuela, los niños disfrutan de un entorno libre sin imposiciones desde primer grado hasta el duodécimo.

Peter Gray (Ph.D) dice muy acertadamente: “Las habilidades académicas se aprenden mejor cuando una persona las quiere y las necesita”. No sólo esto lo podemos contrastar en lo anteriormente citado, sino en otros experimentos como el del “agujero en la pared”, del profesor Sugata Mitra, consistente en colocar un ordenador en un agujero en la pared de un barrio pobre de la India, pudiendo usarlo los niños libremente. La mayoría de estos niños nunca habían puesto un pie en la escuela, pero en sólo tres meses de experimento aprendieron por sí mismos el uso del ordenador, y a través de él, numerosas materias. Este experimento fue replicado de modo mundial con idénticos resultados. El aprendizaje surge del interés, no de la imposición.

John Holt, maestro de primaria y partidario del homeschooling decía, entre otras cosas, que «vivir es aprender, es imposible estar vivo y consciente sin estar constantemente aprendiendo cosas«. Y así es. Aprendemos aunque no queramos. Está en nosotros y, que nos sea impuesto, lo único que consigue es frenar este aprendizaje real.

En palabras de Ivan Illich:

La escuela hace a la alienación preparatoria para la vida, privando así a la educación de realidad y al trabajo de la creatividad. La escuela prepara para la alienante institucionalización de la vida al enseñar las necesidades de ser enseñado (…) (…) Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. Los alumnos hacen la mayor parte de su aprendizaje sin sus maestros, y, a menudo, a pesar de éstos. Y lo que es más trágico, a la mayoría de los hombres son las escuelas las que les enseñan su lección, aun cuando nunca vayan a la escuela.

Todo esto que cuento está basado en lo que las familias suelen encontrarse de modo habitual. Lo cual no quiere decir que esto sea así siempre, por supuesto, hay centros y maestros maravillosos que, además, están intentando cambiar las cosas, a veces sufriendo la presión de sus propios compañeros, o de los mismos padres, que son los que desean que pongan al niño deberes o le metan en vereda. Por ello, siempre es bueno hablar con los maestros sin dar nada por hecho, nos podemos llevar sorpresas muy agradables. Y no tiene por qué ser en una escuela alternativa, ya que vamos a encontrarnos de todo.»

Queda pues más que patente. La neurociencia es clara. En estas condiciones no va a producirse aprendizaje (si antes ya era difícil, mucho menos ahora), aparte de verse afectados los procesos que comentaba al principio.

Yo no voy a deciros qué hacer o qué no hacer, en gran parte porque se que muchas familias no tienen elección (esto es culpa del sistema, no de las familias ni de los maestros, a los que ahora se les viene encima algo con lo que no se muy bien cómo van a poder lidiar). Sólo quiero deciros que pase lo que pase, os centréis en compensar, en ofrecerles protección, si es posible una socialización segura pero sin miedo. Que ahora seáis más que nunca su base sólida, su consuelo, su faro en medio de todo esto. Esto os lo digo tanto a los padres como a los maestros que se que estáis ahí, preocupados y queriendo cambiar las cosas.

Nos jugamos mucho. Si ya vivimos en una sociedad enferma, tomemos conciencia de lo que va a significar este añadido para toda una generación a nivel mundial.

Laura Perales Bermejo. Psicóloga y madre.