El cachete «educativo»

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Habitualmente escuchamos que no pasa nada por hacerles ciertas cosas a los niños, o que “a mi me lo hicieron y estoy bien”. Esto ocurre especialmente en el caso del llamado “cachete educativo”. Este eufemismo que alivia la conciencia, porque como de costumbre permite hacer lo que realmente queremos hacer y nos es más cómodo (lo hacemos “por su bien”), viene a decir que pegar a tu hijo como método (no porque se te escape por lo vivido, o por agotamiento) para que aprenda quien está por encima de él, es algo bueno para el niño, es “educativo”. Y si, desde luego enseña muchas cosas, entre ellas que quien debería cuidarte es quien te da miedo, que la violencia es la vía, que existen relaciones de poder y hay que reproducirlas, etc.

El problema es que esto está tan sumamente normalizado que pese a estar tipificado como delito en el código penal, no es nada raro ver como los padres pegan a sus hijos impunemente en cualquier lugar. Es más, si intervienes, es probable que te increpen a ti, o que te salgan con aquello de “cada uno hace con sus hijos lo que quiere”. Porque ya se sabe que los hijos son bienes muebles.

La contestación más frecuente es la citada arriba “a mi me lo hicieron y no estoy tan mal”, o quizá un revelador “me lo merecía”. Porque las personas que justifican esto han interiorizado precisamente esto, el merecimiento de la violencia por parte de sus supuestos protectores. Nadie se merece que le traten así, nadie, aunque haya hecho la trastada más grande que nos podamos imaginar. Por supuesto que pegar a los niños, aunque sea de modo ocasional, afecta. Es diferente pensar, o querer pensar que uno no está afectado, porque por desgracia lo más normal en esta sociedad es estar muy dañado, tanto que ni siquiera somos conscientes de ello, o llegamos a desconectarnos de nosotros mismos.

Cito de mi libro “Criar. Un viaje desde el embarazo a la adolescencia”:

“¿Qué podemos hacer los adultos? Además de ser conscientes de todo esto y, si es posible, realizar un trabajo personal para poder vivir nuestro enfado aceptado (sin dañar a los niños), crear nuevo recuerdo en la amígdala y no proyectar en ellos cosas que surgen de lo que otras personas nos hicieron, podemos ayudar a nuestro cerebro superior a no perder el control. Si somos capaces de centrarnos en algo racional cuando nos enfadamos con ellos, como pensar en qué recordaré dentro 10 años, o en alternativas para actuar en ese momento, posiblemente podremos activar el prefrontal y equilibrar la amígdala. Por supuesto, por mucho que perdamos el control, no pegarles (si a nosotros nos han pegado, controlar esto se complica). Evidentemente no es lo mismo que a alguien se le escape a que pegue a sus hijos como método hablando de “cachete educativo”, que es maltrato puro y duro, por mucho que aquellos que han normalizado este maltrato reiteren que a ellos les han pegado y no les ha pasado nada. En un estudio de Gershoff, Grogan-Kaylor publicado en Journal of Family Psychology, realizado durante 40 años, se demuestra que estos cachetes ocasionan problemas de conducta, personas más agresivas, antisociales, con problemas cognitivos y de salud mental, depresión, predisposición a adicciones y menos materia gris (peor desarrollo mental). Lo más curioso de este estudio es que además de controlar cualquier otra variable, no hablaban de situaciones extremas, sino de un cachete mensual. En otro estudio realizado con madres (matizo esto porque no es que esto les ocurra a las madres, es que el estudio se realizó con ellas) realizado por J. C. Gaxiola et al. en 2005, se contrasta cómo la historia de abuso tiene efectos a largo plazo en el funcionamiento físico y psicológico de las mujeres, lo cual repercute en el estilo disciplinario violento con sus propios hijos. Varios estudios realizados por A. Tomoda (algunos en solitario, otros con más investigadores) revelan que el maltrato infantil aumenta marcadamente el riesgo de psicopatologías, como depresión, trastorno de estrés postraumático y capacidades cognitivas reducidas, se asocia con diferencias cerebrales estructurales y funcionales, incluyendo alteraciones morfológicas en las regiones corticolímbicas. De nuevo Gershoff, esta vez junto con Sattler y Ansari, demuestra en otro estudio como los niños receptores de cachetes desarrollan más adelante igualmente problemas de conducta. En otro estudio realizado por Tomoda et al. en 2011 vemos cómo ya no sólo el castigo físico, sino el abuso verbal de los padres, provoca alteraciones en el cerebro infantil. (…)

(…) Incluso vemos cómo se justifican, social y abiertamente, situaciones de maltrato con todas las letras como el “cachete a tiempo”. Invito a que, de nuevo, se cambien los roles por los de pareja. Qué horrible parece entonces ese cachete. Sin duda es maltrato, y está mal visto. Qué normal, incluso elogiable, se ve cuando el receptor del cachete es un niño. El maltrato, además, tiende a transmitirse de modo intergeneracional. Lo primero que hacemos es normalizarlo: “a mí me lo hicieron y no estoy tan mal”. Hemos interiorizado que nos lo merecíamos y que nuestros padres hicieron bien, cuando nadie se merece esto. Pero es que además lo más probable es que lo hagamos también con nuestros hijos, como vemos por ejemplo en el estudio de 2009 de Bhandari et al., donde se contrasta cómo el maltrato emocional temprano puede afectar indirectamente el procesamiento de la información emocional al alterar el sistema oxitocinérgico, segregando menos oxitocina y existiendo un mayor riesgo de maltratar a nuestros hijos. Recordemos también todos los estudios citados anteriormente sobre este tema, en el capítulo sobre la rabia. En un importante estudio realizado por Felitti et al., “The Adverse Childhood Experiences (ACE) Study”, encontraron evidencia consistente sobre la relación entre vivencias adversas y abuso de todo tipo (incluyendo el psicológico) en la infancia y las principales causas de muerte en la edad adulta. Cito textualmente:

Se estudiaron siete categorías de experiencias infantiles adversas: abuso psicológico, físico o sexual; violencia contra la madre; o viviendo con miembros de la familia que fueron drogadictos, enfermos mentales o suicidas, o que alguna vez estuvieron encarcelados. La cantidad de categorías de estas experiencias infantiles adversas se comparó con las medidas de comportamiento de riesgo, estado de salud y enfermedad de los adultos. La regresión logística se utilizó para ajustar los efectos de los factores demográficos en la asociación entre el número acumulado de categorías de exposiciones infantiles (rango: 0-7) y los factores de riesgo para las principales causas de muerte en la vida adulta. Más de la mitad de los encuestados informaron al menos una, y un cuarto informaron ≥2 categorías de exposiciones infantiles. Encontramos una relación graduada entre el número de categorías de exposición infantil y cada una de las conductas de riesgo y enfermedades de adultos que se estudiaron (P >.001). Las personas que habían experimentado cuatro o más categorías de exposición infantil, en comparación con aquellas que no habían experimentado ninguna, tenían de 4 a 12 veces mayores riesgos de salud por alcoholismo, abuso de drogas, depresión e intento de suicidio; un aumento de 2 a 4 veces en el tabaquismo, mala autoevaluación de la salud, ≥50 parejas sexuales y enfermedades de transmisión sexual; y un aumento de 1.4 a 1.6 veces en la inactividad física y la obesidad severa. El número de categorías de exposiciones adversas a la infancia mostró una relación graduada con la presencia de enfermedades en adultos, que incluyen cardiopatía isquémica, cáncer, enfermedad pulmonar crónica, fracturas de esqueleto y enfermedad hepática. Conclusiones: encontramos una fuerte relación graduada entre la amplitud de la exposición al abuso o la disfunción familiar durante la infancia y múltiples factores de riesgo para varias de las principales causas de muerte en adultos.

En su obra El sentido del tacto, Montagu indica lo siguiente:

Los azotes y las bofetadas propinados con la palma de la mano para castigar a los niños siguen siendo frecuentes. Infligir dolor de esta forma priva a los niños del bienestar que la piel suele comunicarles; como resultado, pueden acabar por asociar su propia piel y la de otros con miedo al contacto y dolor y, por tanto, evitar los contactos cutáneos en su vida posterior.”

Además del trabajo titánico que supone para las familias que criáis de modo consciente el intentar no repetir patrones (y lo difícil que nos lo ponen ahí fuera), intervenir cuando veamos que un adulto agrede a un niño cambia vidas. Se que no a todo el mundo le sale hacerlo cuando presencia estas situaciones. Es normal, nos han grabado a fuego que no se debe desafiar a la autoridad, que es prioritario quedar bien con los adultos, que no debemos alzar la voz, que vivimos en una sociedad individualista donde los demás no tienen cabida. Pues claro que nos paralizamos. Si no podéis hacerlo, no os culpéis, quien está siendo violento es ese adulto. También puede pasar que si intervengamos normalmente pero que haya veces que nos quedemos paralizados, ya sea porque nos pilla de sorpresa, por la crudeza de lo que vemos, porque estamos en un mal momento, porque estamos con nuestros hijos y no queremos que les monten un pollo. Es normal también. A mi misma me ha pasado varias veces. Pero cuando os nazca hacerlo, podáis o queráis, por favor, no dejéis de intervenir. El resto de adultos lo está normalizando, y es importante que al menos haya alguien que deje de hacerlo. Cito de nuevo de mi libro:

“Además es curioso como en situaciones violentas en las que deberíamos intervenir, como si presenciamos que un adulto pega a un niño, no lo hacemos. Porque una cosa es frustrar la defensa entre iguales, cosa que no nos cuesta nada, y otra cuestionar a otro adulto y hacer tambalear las relaciones de poder. Pero es importante que intervengamos en esos casos, con una mirada, un comentario de apoyo hacia el niño, o un “nadie se merece que le peguen”, que ese niño va a llevarse toda su vida. Porque si en vez de acercarnos a increpar al adulto, cosa inservible, nos dirigimos al niño con esa frase, va a dejar de pensar que se lo merece. Y si nos fijamos a partir de ahora en estas situaciones, veremos que el niño normalmente lo que hace tras recibir ese golpe es levantar la mirada para ver qué hacemos el resto de adultos, si es cierto que es normal y se lo merece.”

Podemos encontrarnos en varias situaciones. Puede que pensemos que el niño va a llevarse más golpes en casa si intervenimos. Aquí conviene tener en cuenta que esos golpes ya se los está llevando igualmente y que lo que más va a marcar y a doler al niño no es el golpe físico, sino esa herida emocional, el pensar que se lo merece, el normalizarlo (para luego lanzar las justificaciones de las que hablábamos al principio al ser adultos). Con que un solo adulto, una sola vez en toda su vida, haya intervenido con ese balsámico “nadie se merece que le peguen”, estamos marcando una gran diferencia. Le estamos ayudando muchísimo. Sólo recuerdo una vez de las que he conseguido intervenir en la que una niña no reaccionó. Seguramente estaba ya tan afectada y lo había interiorizado tanto que no había modo de ayudarla con una intervención así (necesitaría venir a consulta, y eso jamás va a pasar). Su madre la pegó delante de mí, en unos grandes almacenes, de un modo que iba mucho más allá del “cachete educativo”, con una rabia y una violencia inusitada. Me acerqué, puse una mano en su hombro mientras la madre miraba ropa sin enterarse de nada, y le dije “nadie se merece que le peguen, no has hecho nada malo”. La niña continuó con la mirada perdida, sin inmutarse ni cuando una desconocida ponía la mano en su hombro. Se me partió el alma.

Puede que pensemos que es posible que se cree una situación más violenta aun por parte de los adultos. Si, puede pasar, por eso hay que evaluar cada situación antes de intervenir (sobre todo si vamos con niños). Pero lo más común es que los adultos estén tan a lo suyo que ni se enteren cuando le dices esto a su hijo. Os lo digo por experiencia propia. Igual que os digo que también he estado en situaciones que he valorado podían ponerse violentas y mi intervención ha sido diferente, por ejemplo con una mirada comprensiva o una sonrisa. Recuerdo una vez que iba en el tren, hablando por teléfono con una madre que lloraba muchísimo porque lo estaba pasando muy mal por un tema personal grave. Delante de mí un padre dio una torta a su hijo. El niño, como comentaba, alzó la mirada buscando la reacción del resto de adultos del tren, para ver si era normal y se lo merecía. Se encontró con mi mirada. En ese momento, con aquella madre tan afectada, no podía colgar para decirle nada, pero si le devolví comprensión y una sonrisa. El niño se relajó visiblemente.

Otras veces podemos ver como alguien pega a su hijo pero que se le haya escapado. Podemos ser cualquiera de nosotros, venimos de lo que venimos y vivimos en este mundo hostil. No queremos hacer sentir mal a esas personas. Pero no se trata de juzgar, sino de ayudar al niño y, si se tercia, al adulto. Si a mi me pasase esto (afortunadamente no me ha pasado, pero entiendo cuando ocurre) y alguien acudiese sin increparme, sin juzgar, brindando esas palabras sanadoras a mi hijo, tendría un momento de incredulidad que daría paso rápidamente a poner los pies en la tierra, respirar y agradecer a esa persona el gesto (yo misma le diría después eso al niño de no aparecer esta persona), o incluso derrumbarme y compartir con ella lo agotada que estoy, que no quiero hacer eso, que no puedo más, o lo que sea que ocurra, en cuyo casi ahí estaréis para sostener, para ayudarnos entre todos. Si creéis que puede ser este el caso, tened muy en cuenta que, como decía, no es igual que se te escape a usar esto como herramienta “educativa” estando convencido de ello. No se trata de atacar o juzgar a nadie, bastante tenemos encima, se trata de ayudar a sanar al niño y si es posible, al adulto. A veces una intervención necesita añadir unas palabras de apoyo para el adulto, un “a mi a veces me pasa también, es normal, estamos agotados”. Recordemos que todos venimos de infancias más o menos tóxicas y en los momentos de estrés es fácil que aquello que no queremos hacer aflore.

Pasa, desde luego que pasa. No “me lo hicieron y estoy bien”. Incluso quienes pegáis a los niños convencidos de que es lo que hay que hacer, por mucho que os hayáis convencido de ello, por muy profundamente que lo tengáis grabado, nunca os merecisteis que os pegasen.

Laura Perales Bermejo

Psicóloga y madre.

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